miércoles, 31 de julio de 2013

El juego de la Espada y el Martillo.


Relato II
por Edna R.V. 
Imagen de Tania Mayers. 



La vida no es lo que se quiere, ni lo que se puede, es simplemente lo que es. La idea transmitida, ensimismada en el reflejo especular goza, creando el artilugio razonable, porque así, se puede morir viviendo. ¿Cómo es que Ainda había encontrado a Nietzsche? Si usted, querido lector, no sabe de filosofía ni literatura, si no es un mago ni un rey, ella puede llevarle hasta esa figura, colocarle una capa de terciopelo rojo, tan fina, dura, inasible, acogedora... que usted quizá diría: "jamás habría yo pensado en vestirme así, más puedo hacerlo..." entonces el signo se volvería no sólo significante sino emblema. Resulta pues, que uno se encuentra de pronto con quien ha sido siempre, puede ser en el espejo y al verse, por primera vez en tantos años, pasa que se pregunta: ¿quién era el otro/a que me había reflejado todos estos años? ¿y qué es lo que ella/él, vio, no sólo en el mundo, sino en mi? Si a usted nunca le ha sucedido esto, le invito a preguntarse ¿quién es Nietzsche y por qué Ainda escribió sobre él como si de ella se tratara? 

Pues bien, decía alguien que la muerte es el comienzo de la vida, otro de manera inmediata pensó: la muerte debe ser el acceso a la verdadera vida (Cristo). ¿Usted que piensa, qué siente? Ninguna intención puede leerse con la exactitud deseada y menos en el momento en que ocurre. Yo creo que la vida es la intencionalidad pura, sin contradicción, siendo pura ambivalencia.  Y al decirlo, me imagino al mismo tiempo que voy a perder a los lectores, que este cuento no va a interesar lo suficiente o quizá sea demasiado simbólico para que los principios de su realidad le hagan querer seguir leyéndome. ¿Y quién escribe? quizá usted, por eso, si se va ahora, nunca encontrará un final realmente deseado. Aquí estamos, este es el juego: ¿cómo quiere morir? Ainda se lo preguntó desde que tuvo razón y eso le pareció hasta los 32 años, algo que nada tenía que ver con el deseo. Ella, nunca tuvo miedo del fin, sino de cada comienzo. No podía entender el milagro que se produjo para que una niña, indefensa, frágil, pero también en un futuro indolente, logrará existir aún naciendo con un pulmón, a medio formar, entonces, tal vez por ello, cada respiración había sido un martillo, taladrando eso que latía en lugar del corazón. 

¿Qué late en lugar del corazón? nunca lo sabremos. Pero usted y yo entendemos, si aún sigue leyendo estas líneas, que ese artefacto, colocado en el centro del cuerpo, es lo que indica hasta dónde puede el cuerpo llegar. Usted tiene miedo y esa bomba enloquece, usted siente placer y del mismo modo, un martillo letal taladra hasta llevarnos a la disolución, ya sea esta la pequeña muerte o el terrible pánico, sólo el corazón nos indica el ritmo con que vamos acercándonos al fin. Esa es la intención, el secreto, la voluntad. Pero también habría que saber que el centro puede cambiar de sitio, puede moverse, ir a otras partes. Ainda nació con el centro a la mitad, ahí, entre los órganos que succionan aire para poder inflamar al motor, entonces se pasó un cuarto de siglo sintiendo que la vida era asfixia. Esto lo escribo para indicar, que cada quien debería saber cuál ha sido su centro y si no es así, por lo menos tendrá alguna creencia sobre cuál es la causa por la que vive. Entonces, si aún me sigue, verá que el sentido de la vida es lo que se persigue, pues nos salva de esta certeza que la muerte representa. Y así, toda persona cree en algún punto de su existencia que nació para algo, esto es tan necesario como la búsqueda del origen. Usted seguro ha pensado en ello y en consecuencia sintió un probable gozo que pudo haberse disfrazado de temor. También puede ser que a alguien le suceda el pensamiento de que nunca debió haber nacido, que fue un inconveniente. Entonces habría que hablar de Cioran, pero eso va a ocurrir en otro relato y tiempo. Si uno no debía nacer, entonces la vida será una negación rotunda, como sea hay muchas maneras de salvarse, de lograr la intención. Nietzsche, un hombre que escribió para conocerse a sí mismo, llamó a la voluntad -de poder-, eterno retorno de lo mismo. Y él no creía en Dios, incluso implicó haberlo matado. ¿O fueron quienes lo leían quienes asesinaron a...? De cualquier modo si hablo de esto, es por la importancia que para Ainda tuvo su figura, ya que él, autor de "El anticristo", se preguntó desde muy joven por la intención que vivir supone. Y la voluntad, eso que late dentro y nos mueve, no es el corazón ni otro órgano vital -aunque algún científico podría animarse a creerlo-, es siguiendo a Niet (lo llamaré así por un cariño indomable), la totalidad del cuerpo. 

Entonces, Ainda comprendió desde muy pronto, que el cuerpo es lo que esta atado a la muerte. Y su pregunta capital fue: ¿Cómo querer morir?, porque esa es la espada con que tiene que jugar el martillo. Inevitable es para ella la metáfora, porque sólo ahí se puede entender que a veces 2+2 no es 4. Pero usted y yo, vamos a descifrar lo que se ha dicho en lugar de lo que realmente es. Vuelva a pensarlo: ¿cómo querer morir?... uno puede sentir que este pensamiento es imposible, sin embargo, oculta aún un juego más cruel: ¿cómo querer que el otro muera? y esto significa: ¿de qué manera se puede lograr que el sentido de la vida permanezca cuando el fin alcanza a un hijo, a los padres? Querer la muerte o cómo decía Niet, querer vivir la vida, exactamente la misma, mil veces. Pero en cada vez que esa vida se repita nunca será idéntica, aunque sucedan las mismas situaciones y esto es quizá lo que a él le permitió querer morir. ¿Qué va a permitirle a usted querer la muerte, qué es lo que le ha hecho querer vivir? Vuelvo al punto de que si usted no ha pensado y sentido nunca esto, seguramente ya lo he perdido, porque esta narración tiene la sola intención de cuestionarle:


¿Cómo juega con la espada y qué le da fuerza a su martillo?



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